lunes, 21 de febrero de 2011

Ecologista goes to Treblinka

Leo en la excepcional uzi de sagaces pildorazos infraculturales, Lametones de Amor, el texto de Amanda y Casimiro "We all love animals", sin entrar a debatir el fondo del artículo -la extinción humana como vía ecológica- si les voy a hacer una "autocrítica".

Amanda y Casimiro son buena gente. El día que les conocí, presentados por Apendicito de Yolanda, tardé cinco minutos en compartir opiniones con Casimiro sobre diferentes dolencias rectales sufridas en el pasado -bueno, él en el pasado presente. Alguien así es inequívocamente un buen tío. Lo digo porque me hace gracia la atmósfera que envuelve el texto, la cual considero que está impregnada de la antiglobalización tan propia del litoral mediterráneo y que no me cuadra en tan buena gente como son ellos.

A veces, en las regiones de interior tenemos que mostrarnos férreos en la dominación de las aldeas periféricas, pero es que, en situaciones como ésta, tienes que reírte. Quizá seamos paternalistas, pero qué caray, lo hacemos por su bien, ¡si es que son como críos!. Vamos a ver, chicos, la contaminación, los gases de efecto invernadero y todas esas cosas no van a acabar con la vida en el planeta ni Dios que lo fundó. Atended, en mi casa, por ejemplo, yo soy como EEUU, lo lleno todo de mierda y no lo limpio. Tengo mis métodos, a saber, me suelo pasear descalzo por toda la casa cantando alguna canción, el "Soy una Chumbera" por ejemplo, y pasito a pasito todo el horror vacui de pelusas y restos de frutos secos, que a veces llegan a obstruir el paso de una habitación a otra, se adhiere a mis pies que posteriormente lavo en el bidet. Eso es lo que los políticos llaman "desarrollo sostenible", que en realidad sólo sirve para dar trabajo a todos los jóvenes de familia bien catalana que han dilapidado la fortuna familiar estudiando tonterías y carreras que no valen para nada. Y en mi caso doméstico, porque dicen que caminar previene de enfermedades coronarias.

Mi casa se vuelve habitable cuando con dos cojones cojo la escoba. O sea, cuando se me come la mierda. Y esto es lo que pasará en la Tierra, especialmente cuando la mierda llegue a los barrios donde viven los oligarcas. Por lo tanto, es sencillo, cuanta más mierda sueltes, antes les llegará y antes se tomarán medidas de urgencia de carácter incluso militar que devolverán ese arcoiris que tanto le gusta a Apendicito de Yolanda perseguir mientras juega con una cometa de piel humana. Esa es mi política ecologista para la conservación del medio ambiente: contaminar a discreción.

Por otra parte, si acaso, que todo es posible, yo estuviera equivocado, siempre queda el plan B. Y es que yo no soy de la generación que ha consumido consolas y manga de forma compulsiva, lo cual quiere decir que habitualmente no confundo realidad con ficción. Me refiero a que no me pajeo con otros mundos paralelos de alegría y alborozo. Yo quiero que se cumplan mis sueños. No me vale con elucubrar leyendo tebeos. Yo quiero vivir en la Negociudad de Mad Max III "La Cúpula de Trueno" y no descansaré hasta que mi sueño se haga realidad. Mientras, vosotros, si queréis, jugad al rol.

Otro Comunicado Institucional


Dirigido al Sr. Migoya, que se pasó por aquí: No es tan de extrañar que tuviéramos pensamientos paralelos viendo Million Dollar Baby. Yo me he criado con El Vibora. Con él he aprendido, me he divertido y me la he pelado mucho, todo hay que decirlo. Y al contrario que Lucía Etxebarría, sí conservo mi colección, además, con orgullo, sobre todo porque me la empezó comprar mi padre. Gracias por Odio, Hernán.

EXTRA: "Hierro abandona la lucha armada"


Es el nombre de una semblanza biográfica que he perpetrado junto a un confidente de la prensa deportiva sobre el capitán de mi equipo. Por lo subnormal, insultante, poco respetuosa con la realidad y atrevida, creo que el resultado es, como diría mi tronco, Kiko: "la polla que trepana". La tiene usted aquí, y gratis.

Festimad "El Alamein" 2005

Con motivo del cincuenta aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, el Exmo. Ayuntamiento de Fuenlabrada celebró el pasado fin de semana una recreación a gran escala de la formidable batalla entre ingleses y alemanes que tuvo lugar en El Alamein. Tormentas de arena, escasez de agua, alimentos en mal estado, amasijos de hierro en llamas, desesperación, llanto, angustia, violencia y sol, socarrante y severo solazo; sobrecogieron a los asistentes que, asombrados, elogiaban al ayuntamiento con gritos, vítores y silbidos por lograr tan brillante reproducción del célebre acontecimiento histórico.

La conmemoración incluía también un parque temático sobre los horrores del nazismo. Se trataba de la fiel reproducción de un campo de concentración con 25.000 personas hacinadas a grandes temperaturas y sin agua, que si bien tenía más parecido con los campos de refugiados de la Guerra de los Balcanes, las labores de identificación y cacheo a las que graciosamente eran sometidos constantemente los participantes recreaban inconfundiblemente la ardua labor de las SS en la Europa del Este.

Como en todo festejo que acontece en la piel de toro, no podía faltar música. Acompañando las labores de recreación histórica, a lo lejos, se ofrecieron algunos conciertos para amenizar la asistencia del público allí congregado. Cabe señalar lamentables sucesos protagonizados por individuos de las étnias periféricas del Estado español, que si bien exigen que se respeten sus lenguas y dialectos primitivos, no hacen lo mismo con los pintorescos idiomas del interior de la península. Lo que dio lugar a equívocos cuando estos irrespetuosos ciudadanos leyeron en la web del Festimad que la zona de acampada era un "terreno mullido y tupido de hierba, en su mayoría, está sombreado por árboles" que en español puede querer decir algo parecido a lo que suena al leerlo, pero que en castellanomanchego significa, literalmente "páramo, secarral o solana de tierra baldía coronada por un pequeño arbol muerto que señala la cota más alta".

En lo que a mi respecta, no me lo pasé mal. Salí del trabajo el jueves a mediodía y me fui a ver a RIP KC al Paraninfo de la Complutense para entrenar un poco eso de estar de pie e hidratado a base de alcohol bajo altísimas temperaturas. El concierto de los de Vallecas fue como siempre excepcional, aunque me llamó más la atención que los organizadores del evento, que debía ser algo en favor de Venezuela, aparte de ser feos y granulentos, llevaban camisetas de la Alemania Oriental, con dos cojones. No sé si de broma o reivindicándola. Me creo cualquier cosa. El caso es que ahí comencé una giña que duró hasta que nos personamos al día siguiente en Fuenlabrada para el Festimad y, en lugar de enlazar, empezó otra bien distinta: Fui ordenado maño honorífico por mis colegas, que me hicieron entrega de un cachirulo y una bota de vino. Estoy pensando que con todos los títulos nobiliarios que ostento, "Álvaro I de España y III de Castilla, Subhumano II de Romería Gallega Palangana de Sevilla y Baturro de Honor", -todo galardones obtenidos a manos de naturales de dichas provincias con el sudor de mi frente en épicos y severos megaciegos- cuando mi hijo herede esta carga nobiliaria y todas las responsabilidades que conlleva el pobre no va a pasar de los trece, (si es hija la meteré a monja con la intención de follarme el Acueducto de Segovia -esto es un guiño para las manadas de fans de Gómez de la Serna que se amontonan en internet) así que cuando la muerte me lleve creo que abdicaré en mi padre para alargar la vida de mi retoño algo más de lo que esta carga genética supone. En cuanto al festival, ejerciendo de maño, le grité con todas mis fuerzas cachirulo en ristre "Maricón, Maricón" a todos los melenitas que se subían a un escenario; aunque luego me metí en mi papel real y me dediqué a contestar a todo lo que se me decía: "España, España, España". Así me preguntaban:

-¿Tienes un cigarro?
-¡ESPAÑA! ¡ESPAÑA! ¡ESPAÑA!

-¿Sabes que eres muy guapo?
-¡ESPAÑA! ¡ESPAÑA! ¡ESPAÑA!

-¿Podrías vomitar por favor en el interior de otra tienda de campaña que no sea la mía?
-¡E-PAÑA! ¡E-PAÑA! ¡E-PAÑA!

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Sobre un campo de hules, una bota de Montemelo 0,49 euros/l. Carrefour


De todas formas, lo mejor del Festimad llegó cuando, de casualidad, leí la noticia que daba el mejor diario de España y uno de los más prestigiosos del mundo, El País, el domingo. La firma Fernando Martín, que supongo que se querría ir de fin de semana a la playa o algo y la dejó escrita el jueves. Atención:

  • "La actuación de Prodigy puso punto final al Festimad 2005": Cierto, pero cuando yo leía estas líneas aún no había empezado el concierto.
  • "Fu Manchú dieron también su correspondiente dosis de sonidos al borde del estallido de tímpanos": Se suspendió por la tormenta de arena a los cinco minutos. Y era el único puto concierto que yo había ido a ver. Me cago en mis putas muelas.

    Luego F.Iñiguez firma una columna al lado:

  • "Las contradicciones oficiales [políticas, porque fue la ministra] sin embargo, no empañaron ayer el buen funcionamiento de la segunda jornada del Festimad": Un funcionamiento cojonudo. Se suspende Fu Manchu nada más empezar y no se reanuda ningún concierto más hasta cinco o seis o siete horas más tarde.
  • "Mejor ubicados y definitivamente tomadas las medidas del recinto por los asistentes (...) todos se desenvolvieron con presteza y animosidad": Así es como el colega F.Íñiguez se refiere a que la gente quemara los coches de propaganda del festival y asaltara los puestos de comida mientras los organizadores huían despavoridos y acojonados previendo un linchamiento.
  • "Poco importaba que el polvo siguiera siendo el protagonista principal": No importaba nada, unas ocho mil personas aproximadamente con mascarillas, alérgicos evacuados, gente llorando, otros con la cabeza dentro de la camiseta. Era jauja.
  • "Y eso a pesar de los frecuentes riegos con mangueras de los camiones cisterna": Esto ocurrió una vez creo que durante Mondo Generator. Y consistía en regar a las tías, en especial a dos que se dieron un morreo mientras las calaban. Yo, en mi hijaputez, cuando arreciaba la tormenta de arena en su máxima intensidad me reía entre dientes pensado cuan encroquetado sería su estado en ese momento.

    En fin, si eres periodista y te invitan a un festival, te dejan una grada para que seas el único de los veinticinco mil que se puede sentar en condiciones, te dejan mear en aseos limpios y no cagados simpáticamente por fuera. En definitiva, encima que no pagas y te tratan mejor que al que afora religiosamente su entrada, ten por favor los santos cojones de por lo menos presentarte allí y escribir lo que has visto, sinvergüenza, caradura, infrahombre, subhumano y cabrón.

    PD: Fotos del evento aquí
  • La orden jedi alopécicobigolanar

    Ayer unos jóvenes demócratas entraron en el entrenamiento del Atlético de Madrid en el Cerro del Espino (Majadahonda) a acojonar un poquillo a los jugadores. Fue impresionante ver cómo todo dios se najaba; los empleados del club preguntado si ya que estaban querían tomar algo y los jugadores con la bolsa escrotal como una nuez y los ojos vitriólicos de Candy Candy. Tan sólo un Hombre fue capaz de plantarles cara: Bastón.

    Miguel González Bastón, entrenador de porteros del Atlético de Madrid, fue guardameta del Burgos durante muchísimos años. Es un cromo que todo adulto que al pan le llama pan y al vino, vino, tuvo de niño una y mil veces; un calvo con bigote preconstitucional como el Tato Abadía (Logroñés), Carmelo (Cádiz) y muchos otros jugadores, funcionarios y señores paseantes con transistor y mariconera. Si el par de cojones que tiene este hombre no quedó ayer suficientemente claro, se podría destacar que en 1990 sufrió un traumatismo craneoencefálico al darse un piñazo con un poste en un lance del juego. Bastón se tomaba en serio lo que hacía. Años más tarde, estuve sentado casi a su lado en un Real Madrid B - Real Burgos de segunda división que ganó el equipo blanco por 4-1. Y al final del partido pidió perdón a los cuatro aficionados que se habían desplazado desde la capital castellana por el ridículo que habían hecho sus compañeros. Lo dicho, era un señor de los pies a la cabeza.

    Los señores calvos con bigote preconstitucional abundaban mucho, pero ahora se están extinguiendo. De pequeño, cuando estabas jugando en el parque y te caías de un tobogán haciéndote una brecha de siete puntos, siempre había un calvo con bigote preconstitucional que te metía en su Talbot Horizon, sacaba un pañuelo por la ventanilla y te llevaba a toda velocidad al hospital poniendo el vehículo a dos ruedas si fuese necesario. Siempre había señores calvos con bigote preconstitucional deambulando por ahí sin saber muy bien a donde iban, pero iban haciendo el bien; cabreados por una señal mal puesta o por un coche aparcado en un paso de cebra. Eran como una orden jedi que velaba por el equilibrio del universo, serenos sobre los que descansaba la estabilidad y la paz de la ciudad: el civismo. Quizá no todo era idílico en ellos. Vale, les gustaba Franco, pero quién va a echarle eso en cara ¿nosotros? ¿una generación de españoles que nos gusta hacernos besos negros? anda no me jodas.

    Antiguamente había una esperanza. Un joven guerrero descendiente de una larga estirpe de jedis, en concreto, la orden de la benemérita, estaba llamado a extirpar el lado oscuro de la fuerza de nuestro país, pero se pasó al reverso tenebroso por un quítame allá esas pajas. Se llama Carod Rovira. Actualmente su calva y su bigote preconstitucional están ruralmente alborotados, como haciéndoles un desprecio, mientras expande el mal por el universo. Ya no hay esperanza.

    Cine la Hostia de Bueno que lo Flipas - Million Dollar Baby: para vuestra puta madre

    Como soy como soy, que si me ponen un par de uniformes de la wehrmacht, aunque sea en la piel de los hermanos Tonetti, trago con todo lo que salga en una pantalla, pues no me di cuenta del fenómeno que se estaba gestando con El Pianista de Roman Polanski o lo que yo llamo "cine la hostia de bueno que lo flipas". Pero lo que en su día fue hacer pasar una película correcta, aunque insulsa, insípida, inodora e incolora por cine del que se caga la perra, te descuidas cinco minutos y en poco más de un año ahora resulta que una requetemierda como Million Dollar Baby ocupa la vacante. Y lo que antes era desfachatez, ahora es un ataque directo a las personas de bien, que diría Zaplana, pero en otro contexto. Si esto es buen cine, que me corten la pichorra en filamentos para hacerle una peluca a Anasagasti, que me dolerá menos que el estado actual del séptimo arte. Me explicaré:

    Con Million Dollar Baby el amigo Clint sigue la línea que ya marcó con Mystic River. Por un lado la atmósfera de que la vida es muy perra y por otro, una curiosa forma de guión baturro-navarra que para señalar que un personaje tiene mala suerte, por ejemplo, no es que tenga problemas con la hipoteca, no, le tienen que raptar de niño unos pederastas y estar dándole por el culo de forma continuada varios días, para que de mayor, lastrado por las taras mentales que el suceso le produjo, lo maten por error y tiren el cadáver a un río lleno de mierda de alcantarilla. No es de extrañar, pues, que en su siguiente película, Million Dollar Baby, su asesor guionista, natural de Sangüesa o de Sos del Rey Católico, cuando Clint le dijo que para la próxima historia necesitaba el perfil de una chica que no le van bien las cosas, que no tiene suerte en la vida, qué sé yo... que es un poco desdichada, pues en lo primero que pensó fue en la cuadriplegia.

    Lo que es la primera parte de la película no está mal. Viene a ser una especie de Roky femenino más cutre pero con el atractivo de ver a Morgan Freeman en calcetines un par de veces. Hasta ahí, una entretenida película de autosuperación tipo Karate Kid, Yo, El Halcón o nuestro incendiario Yo Hice a Roque III. Lo que yo no entiendo es que, si gusta tanto este tipo de cine, el Viruete no se edite en papel couché. El caso es que lo mismo resulta que el cinéfilo de hoy se ha fijado en esta película por su último tramo, donde la historia pega un giro radical y pasa del leit motiv "tú puedes rockin in the USA" a una comedia de humor absurdo y vanguardista absolutamente genial. "Humor senil" creo que lo llama Clint.

    Porque Clint está o senil o muy, pero que muy mayor. Mucho hay que estarlo para decir que la boxeadora mala de la película es la campeona de la RDA o Alemania Oriental. Por un momento piensas que la historia está ambientada en la época en la que existía este próspero país, pero a juzgar por los modernos vehículos que se conducen en el film, me temo que el colega Eastwood lleva sin tocar la sección de internacional del Herald Tribune unos veinte o veinticinco años. Pero lo mejor no es eso, agárrate, es que resulta que esa mujer es negra y, además, puta; "prostituta de la Alemania Oriental" dicen, para ser exactos. O sea, que si tenemos en cuenta que en la Alemania ocupada por la URSS, después de las políticas raciales de Don Adolfo Hitler, el número de ciudadanos de color negro debería oscilar entre 0 y 0'1, se deduce pues que esta mujer tuvo que emigrar del mundo libre al comunismo, es decir, ser la única persona que saltó el muro de oeste a este, y todo con el fin de prostituirse en un país donde el dinero no servía para nada. Joder, para ser así de puta hay que ser muy puta. Qué puta más zorra, que diría Tony Soprano.

    Pero lo más disparatado de esta comedia empieza cuando la protagonista se queda cuadriplégica por un golpe traicionero que le propina la reputa y la llevan al Hospital Psicodélico Infernal de Kansas City. Un lugar donde, en un principio, parece ser que está en buenas manos porque le hacen una traqueotomía y la mujer no tiene excesivas complicaciones para seguir hablando con el tubo insertado en la garganta -como todo el mundo sabe, con una traqueotomía se puede participar en los campeonatos de bertsolari del hospital, de hecho, no hay más que fijarse en el Papa, al que recientemente le han practicado una, y cada vez que se acerca a un micrófono suelta un chorro de voz con un ímpetu y vigor tales que yo, personalmente, cierro los ojos y pienso que se trata sin lugar a dudas de Joselito "El pequeño ruiseñor"- Más adelante, en el hospital, cuando ya lleva tiempo ingresada, parece ser que cambia la administración del centro y entra una junta directiva recién llegada de Pretoria (Lesotho -África), porque, cosas de la vida, resulta que entre los cuidados a las personas paralíticas no está incluido el cambiarles de postura para que no les salgan heridas o llagas. En la película, a la pobre protagonista no es que le salga una un tanto molesta, es que se le engangrena la llaga y le amputan la pierna -esta parte se le debió ocurrir al asesor-guionista baturro-navarro gracias a la inspiración que sugieren momentos tan supermaños como ir en burra por las vías del AVE y gritarle al tren cuando se aproxima a 310 km/hora "chufla, chufla, que como no te apartes tú".

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    Clint Eastwood con el traje de escribir guiones cinematográficos


    Más adelante, en otro golpe del guión que podríamos calificar como "armonioso y primaveral" la boxeadora cuadriplégica se arranca la lengua de un mordisco para ver si logra morirse asfixiándose con su propia sangre. Llegados a este punto, en la casa donde estábamos viendo el divx ya empezó el cachondeo severo. Resulta que uno de mis amigos, Jorge "El Yevi", es ultrafan de la película Jeremiah Johnson de Robert Reford (va de un jambo que se hace ermitaño en las montañas) y da la casualidad de que, con motivo de mi visita a su ciudad, Zaragoza, quisieron obsequiarme con un plato muy típico del lugar, spaghetti con tomate, para ver el film. El tema es que el Yevi vete tú a saber por qué, tenía la cocina un tanto, digamos, abandonada. Y durante el complejo proceso de preparación y elaboración del singular plato, tanto el Yevi como el Chema tuvieron que estar una media hora previa quitándole moho al chorizo y al queso. Todo esto viene a cuento porque, en el desenlace final de la película, cuando se ve una silueta entrando sigilosamente en el hospital, se alinearon los factores anteriormente mencionados y mis amigos al menos me alegraron la tarde con los siguientes comentarios: "Ese va a ser Jeremiah Jonson que va a coger el trozo de lengua de antes, que ya tiene que estar lleno de moho". En realidad era Clint, que entra en la habitación y le hace un arrumaco a la chica, lo que provocó otra intervención: "Anda, qué cabrón, se la va a follar ahora que no puede darle una hostia". Y Clint le quitó el respirador para que el Yevi concluyera: "Y por el agujero del cuello, claro, para que lo sienta". En ese estado de descojono, borracho, y tras haber ingerido una buena cantidad de moho, que Clint entre en un hospital, le quite el respirador a una paciente, ahí no suene ni una alarma ni venga una enfermera ni Dios que lo fundó y se pire tan a gusto y meditando pues ya me sudaba bastante la polla.

    El ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la falta de talento de un mendrugo. Ésta es la razón por la cuál no he visto Mar Adentro, del ínclito por todos conocido. Porque ya vi Tesis y Abre los ojos. Pero me da la sensación de que la celebridad de estas dos películas ha generado una especie estado de opinión entre las mentes más privilegiadas de nuestra civilización que da como a entender una especie de compasión del tipo: (ante un paralítico) "pobrecito, alguien debería matarlo". Que si bien "tiene sus más y sus menos y sus dimes y diretes", como señalaría El Nota en El Gran Lebowsky, en este mundo de mentes homogéneas terminará otorgando más dignidad al suicida que al que vive en condiciones jodidas, que es precisamente, en mi humilde opinión, el que más uso hace de la dignidad que Dios le ha dado. Aunque a este respecto, que cada uno opine lo que quiera, yo no juzgo a nadie por este tipo de cosas.


    Para que este no sea un texto eminentemente excretor, voy a hacer un par de consideraciones cinéfilas de carácter positivo. Si, oh súbditos de Juan Carlos I, lo que queréis es ver películas duras que os angustien y depriman que versen sobre paralíticos, la más recomendable que conozco es Johnny cogió su fusil, que encima es antibélica y sirve de apoyo moral para gritar ¡No a la guerra! con los colegas. Trata sobre un soldado que se ha quedado sordo, ciego, sin piernas, ni brazos ni mandíbula. Al final, como parece que es lo más normal pero yo creo que no lo es tanto, termina pidiendo por favor que le maten y esto se cuenta en el film mediante sus sueños y sensaciones, que te joden la vida y destrozan mil millones de veces más que las cómicos giros de guión baturro-navarros de un conductor de cosechadoras cerealeras como es Clint Eastwood, que parece mentira que hiciera Bird. Y si lo que queréis, oh hijos de Don Pelayo, es una buena película de boxeo, no voy a recomendar Toro Salvaje, que ya está más vista que el tebeo, sino The Set-Up (Nadie puede vencerme, 1949) que no es que yo sea un cinéfilo gafotas del copón, es que la echaron en Cinemanía hace no mucho, y cuyo final -habéis tenido 55 años para verla- da una idea aproximada de lo fantástico que tiene que ser el mundo del boxeo: al protagonista le machacan la mano a pisotones y su mujer y él se llevan una alegría tremenda porque ya nunca jamás podrá volver a boxear. Sin más, un saludo a Constantino Romero por haber doblado a Clint Eastwood en Million Dollar Baby con exactamente el mismo registro que usó con Darth Vadder -me ha ayudado mucho a tomarme en serio la película- y a Javi Navarro, que lo tiene que estar pasando muy mal, pues el muy gay ha vulnerado la filosofía más elemental de nuestro club, el Sevilla FC, al darle un codazo a un contrario, pero no "pisalo" cuando estaba en el suelo. Te toca vivir con esa losa el resto de tu vida, Javi.

    Estar fuera (Capítulo 1 de 3)

    Dennis Whopper (la uve doble corre a cargo de Faemino y Cansado en su difunta lamandibula.com) decía completamente borracho a sus dos hijos pandilleros (Mat Dillon y Mickey Rourke) en La Ley de la Calle: "una visión más aguda de la realidad no te convierte en loco, pero puede volverte loco". Ojo al dato -añado. Al oírlo, Mickey Rourke balanceaba su cabeza de lado a lado, como si le pesara, con una sonrisa entre el sarcasmo y el hastío mientras Mat Dillon abría la boca con cara de bobo y no daba crédito a lo que decía su viejo. Yo lo que quiero es repartir hostias sin más -debía estar pensando.

    En esta maravillosa película, Mickey Rourke es El Chico de la Moto. El pandillero más chungo del barrio cuya chupa de cuero y Harley Davinson contrastan con la dulce y melancólica mirada de un niño herido. En la película el Chico de la Moto perfectamente podría dar un recital de hostias, de frases en plan Lord Byron y padecer amores tan intensos que duelen, pero no, se lo deja todo a su hermanito, él está de vuelta de todo. Sin embargo, su hermano sí quiere ser como era él en el pasado. Un rebelde sin causa, un lo quiero todo y lo quiero ahora: un rey de la calle. Y eso tan sólo arranca de Mickey Rourke indiferencia.

    Lo que le pasa al Chico de la Moto es que tiene una visión bastante global de lo que pasa en su barrio. El hombre ha viajado -en moto, sí- ha visto mundo y ha recapacitado sobre lo que supone haber dedicado la adolescencia a repartir leches, ponerse ciego y fornicar indiscriminadamente. Durante la peli vemos como constantemente choca con su hermano hasta que, al final, cuando ya más o menos uno se ha enterado de qué es lo que pasa en ambas cabezas, Francis Ford Coppola deja que la película concluya en clave simbólica: El Chico de Moto está obsesionado con los peces exóticos de vivos colores de una tienda. Resulta que en las peceras en las que se venden están separados por compartimentos porque en tan poco espacio se pelean hasta la muerte. El Chico de la Moto dice que en el río tendrían espacio suficiente para vivir y no se pelearían. Pero en ese momento aparece el poli malévolo con gafas de espejo y, cuando Mickey Rourke dice: "alguien debería llevarlos al río"; él contesta: "y alguien debería quitarte de en medio".

    Mat Dillon, que no tiene mucho seso, si flipaba con los "crípticos" mensajes de su padre, ahora ya sí que no sabe ni por donde le da el aire. En realidad, lo que se le escapa es que el símbolo está en los peces, que representan a los jovenzuelos, atosigados por una sociedad opresora, un futuro de mierda y ninguna posibilidad de evasión intelectual, razones por las cuales se pelean y esnifan pegamento. "Alguien debería llevarles al río" dice y hace Miki Rourke, que es acribillado a balazos en ese momento por el policía a orillas del susodicho río, dando a entender que el sistema necesita como salvaguarda preservar un orden en el que el hecho de que cada jovenzuelo ajuste libremente su vida a la visión que tiene de lo que le rodea, como señalaba el señor Whopper a sus hijos, va contra lo establecido y es anatema.

    Pocas veces una película sobre pandilleros da una visión tan inteligente sobre el fenómeno y su componente lírico no se basa en pelanas con miradas vitriólicas haciendo pucheros con una botella de Jack en una mano y una navaja ensangrentada en la otra, sino que te abre el esternón e introduce dentro la sensación de "como mi vida es una mierda me voy a dedicar a hacer el gilipollas para por lo menos hacer ruido y si me muero pues me muero ya que no tengo ningún futuro en este barrio de estibadores portuarios irlandeses y obreros italianos del metro" y además a toro pasado, es decir, subrayando que el fenómeno no es más que una absoluta ridiculez. Más aún para quien ha sido el abanderado del tema.

    He tenido que decir todo esto para explicarles que en esta trilogía voy a tratar el tema de los peces de colores que le gustan a Mickey Rourke. Seres preciosos, delicados, únicos, encerrados y que muerden. Y voy a tratar el tema torpemente y con tres brochazos mal dados tirando de la única fuente de cultura, sabiduría y conocimiento de la que he abusado en mi vida: la tele.

  • Pez Nº1: Lucas

    Afraid of the dark. 1992 (Francia, GB) Dir. Mark People: Lucas es un chico que carga con la tara de no ver tres en un burro. No ve nada de nada de nada. Cada día está más ciego. Y además, tiene imaginación porque le da por imaginarse que su madre también es ciega. Suponemos que por amor. El caso es que sus imaginaciones, en un principio variopintas, pasan a hacerse uno con sus miedos y Lucas está todo el día acojonado porque cree que un asesino de ciegos les va a matar a él y a su madre. Como Lucas puede que sea ciego, pero no gilipollas, empieza a ir por ahí con un par de agujas de hacer punto de veinte centímetros por si acaso, lo que le trae problemas. Su mejor amigo es el perro del vecino. Un can majísimo que le quiere un montón y que todas las mañanas le llama alegremente con sus ladridos moviendo el rabo y las orejas apostado en la ventana de su casa. Pues en una de estas, a Lucas le da por imaginarse que los ruidos que proceden de la ventana son de un asesino en serie de ciegos y le inserta vía globos oculares las dos agujas de hacer punto dando fin a su existencia patética de perro baboso de mierda. Pero como Lucas no comparte esta visión mía del perro, pues se lleva un disgusto de no te menees. Y el dueño del chucho ni te cuento, que se lo encuentra tirado en una esquina en avanzado estado de descomposición. Este pequeño incidente sin importancia vuelve aún más loco a Lucas que empieza a ver asesinos en serie de ciegos por todas partes. Hasta que llega un punto en que sus padres sospechan que está como una puta maraca. Impresión que se ve acrecentada cuando Lucas se fuga de casa con las agujas en una mano y su hermanito recién nacido en la otra. No voy a contar el final por respeto, aunque la película ya está bastante destripada. Tan sólo destacar en qué se puede convertir un pez de colores sensible y con imaginación si nadie se da cuenta de que a causa de una galopante ceguera que le hace abrir las puertas con el tabique nasal el chaval está completamente aterrorizado.

  • Pez Nº2: Francie

    The Butcher Boy (Contracorriente). 1997 (Irlanda, GB) Dir: Neil Jordan: A Neil Jordan ya se le vio en Juego de Lágrimas que tenía bastante pedigrí. Una película que parece ser una sesuda reflexión sobre el terrorismo y termina siéndolo sobre la sexualidad no es moco de pavo. Con estas referencias no es de extrañar que mole tanto El chico carnicero, llamada Contracorriente por los traductores hispanos que para demostrar que entienden algo las películas tienen que explicártela en el título jodiendo ese derecho sagrado de todo artista de llamar a sus creaciones como le venga en gana. El film trata sobre la vida de Francie, un muchacho hijo de un músico alcohólico y una madre enferma mental que está todo el día entrando y saliendo de un manicomio. Francie, dejando de lado las palizas que le da su padre a la parienta, tampoco está muy a disgusto, al contrario, es feliz y les quiere muchísimo. Al chaval la vida se le ha planteado así y, oye, tampoco va a montar un numerito, lo acepta y trata de estar a gusto. El problema aparece como siempre con los agravios comparativos. Resulta que la vecina, la señora Nugent, que tiene un hijo gafotas y empollón, no puede ni ver a la familia de Francie. Es más, les llama cerdos y le da asco vivir en la casa contigua. La respuesta de nuestro héroe es putear al hijo de los Nugent y cagarse literalmente, es decir, plantar un tronco humeante, en el salón de su casa. Esta acción armada le supone el ingreso en un reformatorio, donde, en su salsa, hace amistad con los internos a los que denomina cariñosamente "paletos", aunque la estancia no es del todo idílica ya que un cura le viste de vez en cuando de mujer para hacerse pajas frotándose con él. Después de esta experiencia se empieza a volver bastante loco y habla a menudo con la Virgen, representada ni más ni menos que por Sinead O'Connor. En esto que Francie hace un amigo, Joe, que le ofrece un pacto de sangre más con la intención de que Francie deje de maltratar al hijo de los Nugent que de ser amigo suyo. Pero ya da igual. La señora Nugent envía a dos matones para que le den una paliza a Francie. Aquí me viene un recuerdo de mi infancia. A mi me puteaba mucho una gorda mucho más mayor que yo, hasta que un día me tiró a la piscina y, lleno de rabia, la emprendí a patadas en la cabeza con ella. Me dejó en paz para siempre. Pues Francie hace algo similar. Le zumban constantemente los matones, y él en una de éstas coge una piedra y la emprende a golpes con los cráneos de estos. Está a punto de matarlos, y le dejan en paz, aunque como contrapartida su amigo Joe se escandaliza y huye. Este hecho, sumado a que el padre de Francie lleva muerto en casa varias semanas y el chico sigue hablando con él como si nada, hace que le envíen en esta ocasión a un manicomio donde le dan electroshock y demás lindezas. Así que por fin se vuelve completamente loco, no para de ver cerdos por todas partes y habla con la Virgen en cada retrato de ella con el que se topa, de forma que su amigo pasa de él y, como Judas, le niega tres veces. A Francie esto le rompe y comienza a desear el holocausto nuclear. La visión de las bombas nucleares estallando a su paso es muy impactante. Yo también me reconozco en estas escenas, pues todas las mañanas cuando entro en el metro deseo que ocurra algo semejante, o bien un holocausto nuclear o bien un terremoto descomunal, pero algo que me libre de tener que pringar siempre esclavizado por la rutina. El desenlace de todo esto es morrocotudo. El pueblo espera que se aparezca la Virgen y hacen una especie de rezos comunitarios. Mientras, Francie va casa de la vecina y hace con ella algunas cosillas. Esas cosillas las descubre una mujer posteriormente y pega un par de gritos. Entonces los vecinos se creen que se ha aparecido la Virgen en casa de la señora Nugent y corren emocionados dando gracias a dios al interior de la casa donde, por el contrario, lo que se encuentran es un graffiti en la pared escrito con las tripas de la susodicha en el que se lee "Cerdos". Omitiré el final, aunque de nuevo la cosa más destripada no puede estar. Lo que hay que destacar es que a un pez de colores necesitado de cariño, cuando se le desprecia, se convierte en monstruo. Para recordar, una frase que le dice la Virgen a Francie: "Te quiero mucho, pero el mundo va por un lado y tu por otro, chico, qué le vamos a hacer".

  • Pez Nº3: Léolo

    Léolo. 1993 (Canadá, Francia) Dir: Jean-Claude Lauzon: Después del cagueta y el trastornado, ahora le toca el turno al punk. A ese chico que se sienta en el porche de su casa a disparar con su escopeta de juguete a todos los coches que pasan, Léolo. Hablar de esta película no es fácil porque es la mejor película de todos los tiempos, no obstante, su autor, Jean-Claude Lauzon, puso toda la carne en el asador porque de algún modo debía presentir que, al poco de terminarla, palmaría en un accidente de avión. Se trata de un poema visual sobre el hecho de soñar y crear, pero muy especialmente, trata sobre verbalizar. Y de qué forma. Verbalizar sin público. En tu cabeza, de ti para ti mismo. Para no morirte en vida. De ahí el lema que se repite constantemente "porque sueño, yo no lo estoy [loco]". Leo Lozeau es un muchacho que forma parte de una familia de dementes y retrasados. Pero el asunto no le preocupa demasiado, sin ningún tipo de complejo se inventa su propio origen al margen de esa casta de chalados. Él es Leolo Lozonne. Un día un italiano estaba masturbándose frente a unos tomates que se exportaban al Canadá desde su pueblecillo transalpino y por un extraño accidente uno de ellos terminó en el interior de la vagina de la madre de Léolo, que quedó encinta. En realidad la familia es francófona y vive en Montreal, con lo que ante tal sin dios de culturas, Léolo opta por la que más le gusta, aunque no esté allí presente, la italiana, porque "Italia es demasiado bonita para dejársela sólo a los italianos". Toda la historia transcurre al ritmo de la narración de los textos que escribe Léolo, que son leídos por un extraño ser que mora por la zona hurgando en las basuras, donde ha encontrado los diarios del chaval. Léolo no sabe que le leen. Por eso la historia se convierte en un pequeño catalejo por el que se diferencia su vitalidad entre el mar de inmundicia que es su barrio. Pero el chico no se apoya en ningún público, todas sus palabras van a la basura y, por arte cinematográfico, llegan a nosotros. La película describe un retrato de la preadolescencia. Tiempo de despertar sexual, Léolo se masturba introduciendo el pito en un hígado -supongo que de vaca- al que con una navaja le ha hecho una rajita; y tiempo de odios y rabietas viscerales, Léolo intenta ahorcar a su abuelo porque paga a la chica que le gusta para que le enseñe las tetas y le chupe los dedos de los pies y porque él ya le había intentado asesinar antes. En general, Léolo odia a su familia, salvo a su madre -"mi madre tenía la fuerza de un gran barco navegando por un océano enfermo"- pero sí muy especialmente a su padre -"un perro que mordía su vida perra (...) un hombre con una expresión en la cara como de hola y adiós"- y se ve obligado a convivir en la misma habitación con su hermano, que desde que le pegaron de pequeño "había hecho del miedo su razón de ser" y dedicaba las veinticuatro horas del día a engordar sus músculos haciendo ejercicio (un saludo cariñoso desde aquí a todos los que os matáis en el gimnasio) para que luego, ya de mayor siendo todo un cachas, le vuelvan a pegar sin que pueda defenderse "porque el miedo habita en lo más profundo de nosotros y, ante eso, nada se puede hacer". Con sus otras dos hermanas encerradas en un manicomio, cada una por diversas causas, y obligado a cagar diariamente pues su madre se había convencido de que "la salud florece al cagar", a Léolo sólo le queda el mundo que está dentro de su coco, esa pequeña parcela infinita que es la imaginación, donde Bianca -la que le chupa los pies a su abuelo por unos reales- le canta dulces canciones en la preciosa Italia. Para hacerse una idea de cómo debe ser el mundo real en el que vive Léolo tenemos una escena en la que conocemos a sus amigos, una pandilla de alcohólicos encuerados que apuesta a ver si un chaval es capaz de follarse un gato -ganan los del sí. Léolo dedica unas líneas mentales al muchacho: "su madre estaba preocupada por si su hijo fumaba, por eso le olía todos los días los dedos de la mano, tranquila, su hijo no fuma, se folla todo lo que se mueve, por eso tiene el pito carcomido por las bacterias y se prostituye con su entrenador de hockey, pero no se preocupe, que no fuma porque se ahoga". En esta tesitura el señor ese extraño que hurga en las basuras trata de hacerle llegar al profesor de Léolo los textos que ha encontrado, pero éste, especialista en judo, pasa olímpicamente de ellos e ilustra al viejo: "en este pueblo todos los chicos serán carpinteros, y los que sepan escribir bien pondrán multas si pueden entrar en la academia de policía". Consciente de ello y terriblemente aburrido, Léolo se come todos sus escritos con la intención de quitarse la vida "había disparado contra todos y ya era hora de apuntar la pistola hacia mi boca". Por lo que termina, como el resto de su familia, en el manicomio. Qué debemos sacar en claro de esto, que los peces de colores con una visión más aguda de la realidad tienen que poder compartirla con alguien, sino se ponen mustios. No todo el mundo puede hacer en esta vida como el hermano de Léolo, al que un orientador del colegio le pide que dibuje lo que quiera en un folio en blanco y al cabo de una hora se lo devuelve tal cual: "he dibujado un conejo blanco en la nieve ¿no lo ve? Está ahí".
  • Viejo de mierda goes to Treblinka

    Recuerdo perfectamente aquel día. Salía yo del colegio. Estaría en segundo o tercero de EGB. Fuera me esperaba un colega para irnos juntos a casa. Crucé la calle hacia él. Era un día gris, lluvioso. Cuando le alcancé escuché detrás de mí ¡pof!. Me giré y vi cómo un anciano, abuelo de algún crío, se había resbalado con el paso de cebra y se había comido el suelo bien comido, tanto, que al levantarse, le colgaba el labio superior completamente desprendido de la cara. La preciosa postal navideña me dejó sin poder comer ni dormir un par de días. Era yo un chico impresionable, porque recuerdo perfectamente cómo otros mozos de mi edad, que estaban a mi alrededor, hacían chistes con que si su labio una lombriz colgando, etc... Al poco tiempo, tuve la suerte de asistir a la práctica desintegración de una anciana por un camión del patrocinador del Real Madrid por aquellas fechas, Parmalat. Ambos sucesos me crearon conciencia y pasé unos días preocupado por los viejecitos. Me apenaba profundamente observar que el medio les era completamente hostil y que a duras penas iban sobreviviendo cada día pasando aventuras, como ir a comprar el pan, que les podían costar la vida. Pero, sí, he dicho unos días, y es que fueron sólo unos días. Al poco tiempo mi opinión empezó a cambiar cuando nos repartían cromos gratis a la puerta del cole para que nos enganchásemos las colecciones que salían. En el bullicio desatado en el momento, tirarle tú del pelo a un compañero para que se apartase, vale, pero lo que no había forma de justificar es que un viejo te agarrara la cara con la mano como una alien ponedora y te metiera el dedo hasta la laringe no sé si con vistas a, efectivamente, ponerte huevos, o a untar en lo que hubieras desayunado para dárselo a un pajarillo que llevara en el bolsillo en plan Hombre de Alcatrazz. El caso es que mimaban tan hasta la nausea a sus nietos que no les dejaban meterse en el remolino de chavales histéricos y los muy cabrones se introducían ellos arramplando con todos los sobres de cromos con la delicadeza y la fragilidad de movimientos de una persona que se está ahogando debajo del agua. Pero hablando de agua, mis problemas con los ancianos se pusieron más feos en otra ocasión posterior. Esta vez fuera del colegio, en verano, le tiré un globo de agua al Setenta y por lo visto, entró por una ventanilla que estaba abierta y, a las dos horas o así, cuando más desprevenido estaba correteando por ahí, surgió un viejo de la maleza, como un guepardo, y me agarró brutalmente del brazo con las dos manos. Que me iba directo a comisaría con él. Yo lo negué todo, como es costumbre en esta casa, pero resulta que me había visto bien cuando cometía mi húmeda intifada. Estuve como una hora y media con el brazo asido por las garras de ese venerable anciano. Con la lagrimilla colgando por el dolor cual Candy Candy atrapada en un cepo para zorros. Al final me soltó, supongo que porque veía que le hacía runrún el estómago y ya era la hora de deglutir sus nutrientes, a saber qué porquerías: tuétano, sesos, casquería... Pero yo lo pasé mal, de verdad. Pasé muy mal rato. Fue angustiosa la mañana que me dio el puto viejo. Aunque ahora lo pienso y hubiera estado bien haber ido a comisaría a ver qué le decían al denunciar que "no es que este niño de diez años le ha tirado un globo de agua al autobús y me ha mojado". Hubiera sido un buen parte de culo. Pero, claro, yo pensaba que me iban a encarcelar con el Pirri y el Torete.

    Omitiré algunas anécdotas posteriores de índole violenta. Sobre todo por si pusieron denuncia, aún no ha prescrito y un honorable señor inspector está leyendo estas líneas. Pero sí puedo hablar de la tercera edad madrileña y el divertido mundo de la sexualidad. De entrada, un vejete, muy simpático que, en la Plaza del Rastrillo, en una alegre y disparatada época en la que yo iba ahí a comprar droga, tenía que esperar siempre un buen rato a que apareciera el camello y durante ese periodo, siempre una hora por lo menos, el anciano se te acercaba con cara de angustia, como desesperado, casi llorando, te agarraba de las solapas y te espetaba: Por favor, por favor... ¿puedo chuparte la polla? por favor... por favor, déjame chupártela por favor". Y no era a mi sólo, era también a yonkis de cincuenta años de edad la mar de atractivos y con un sex appeal que ya lo quisiera Rick Modelitos Martel. Pero vamos, le echabas para un lado dándole en la chepa con un periódico al grito de "¡tuso! ¡tuso!" y no pasaba nada. Aunque fue en el Parque del Oeste, donde la cosa ya pasó de castaño oscuro. Estaba yo con mi ex, que era muy oportuna ella, y a un entrañable y lleno de vida señor mayor al que, cosas de la primavera, sorprendimos haciéndose una paja detrás de un árbol a tres metros de nosotros mirándole las tetas, le dijo que era un guarro y tal entre risas, porque resultaba ridículo el hombre, la verdad, meneándose la polla escondido detrás de un tronco mocho. Pero resulta que el encantador jubilado, echó a andar hacia ella llamándola "puta, que eres una puta". Yo levanteme raudo con la intención de incrustarle los nudillos en las fosas nasales sin contemplaciones, pero resultó que advirtiólo y de la mariconera -toda la vida pensando qué llevarían en las mariconeras los viejales- sacó un machete de apreciables dimensiones y dirigióse hacia mi, por lo que no me quedó otra que coger a la chica del brazo y echar patas cuesta arriba -para más inri- pisando cacas de perro. Fue tal la mala hostia que me entró y me sentí tan ultrajado, que hasta hablé con un amigo mío que de todas las tendencias, las pasarelas, lo fashion y tal, él había elegido para vestirse el look "cabeza rapada" y para leer, pues en lugar del Glamour o la revista Vanidad, el fanzine Cirrosis, ese en que venían los nombres completos, dirección y teléfono de ciudadanos de ideas avanzadas e invitaba a regalarles a sus madres un presente tan fabuloso como que aparezca tu hijo muerto con cuatro puñaladas en un descampado a las cinco de la mañana. Le comenté el incidente del viejo pajero porque a él también le había pasado algo similar y acordamos ir un día a darle una paliza a todos los pajilleros que pilláramos por medio en el Parque del Oeste, pero afortunadamente se quedó en eso, en un acuerdo verbal. Aunque me sentí bastante lleno de odio por unos días. Finalmente, me viene a la mente un viejo que se la casca en el WC de Atocha, donde no es noticia, de hecho más de una vez meas con un pajillero a cada lado, pero es que éste se la cascaba con una cara de pena, así despacito, mirándote el rabo con el rostro desvaído, que entraban ganas de decirle: mire, señor, cásquesela todo lo que quiera a mi costa, pero hágame el favor de por lo menos sonreír un poco de medio lado porque me está partiendo el alma, cojones.

    Pero esto no dejan de ser sino anécdotas triviales. Diamantinos instantes en una existencia patética. El verdadero pánico con la tercera edad, aquí en Madrid, se sufre en los transportes públicos. En el metro, valga este ejemplo: el vagón hasta arriba, no cabe nadie más, pero un anciano se empeña en entrar comprimiendo a todos los pasajeros a base de empujar al pelotón como si fuese una masa informe dúctil y maleable. Penetra y se queda entre la gente y la puerta. Llegamos a Avenida de América, donde se baja todo el mundo, se abren las puertas detrás de él, pero no se mueve. Los viajeros salen como pueden a su derecha y a su izquierda, pero no los que están enfrente. La gente apelotonada grita y se arrastra como en Heysel. Pero él no se inmuta. Es más, se agarra más fuerte. Alguien grita: "¡Salga y vuelva a entrar por el amor de Dios!". Él lo oye, pero ni mira, se agarra más y más fuerte. Cuando por fin la gente ha logrado salir, ves cómo hay señoras con un sofoco, niños a punto de vomitar, escayolados buscando sus muletas, pero él ha mantenido la posición. Como en las escaleras mecánicas. Todo el mundo sabe que en esta ciudad hay un código no escrito por el que los que se ponen a la derecha suben sin andar dejando la izquierda libre para los que tienen prisa. Pero siempre te toca un anciano en la izquierda delante de ti cuando más prisa tienes. Se lo ruegas: "¿me deja pasar?". Se asusta. Alguien vocifera más abajo. Él atrapa el pasamanos, pone el culo ligeramente en pompa y aprieta los dientes: por sus cojones que no se mueve hasta llegar arriba. Y digo yo, a raíz de los acontecimientos, que todo esto demuestra que Franco era antifascista. Porque si en vez de enviar a Hitler la División Azul, hubiera enviado un par de regimientos de ancianos reclutados en el metro de Madrid -que ya existía por aquel entonces- en el frente oriental los alemanes no hubieran cedido ni un palmo de terreno. Conquistar, no sé, pero ceder, nada de nada. O en Normandía, con poner una silla de autobús de la EMT en mitad de la playa con un viejo sentado, los aliados no hubieran pasado ni con destructores imperiales flanqueados por ocho estrellas de la muerte. Y es que la relación entre transporte público y mayores es explosiva. Dentro del bus, ves peleas a muerte por un sitio y, una vez conseguido por los vetustos gladiadores, comienzan las largas, extensas y detallistas conversaciones sobre enfermedades: que si a mi cuñado le extirpan los ojos, que si a mi hermano le amplían la vejiga, que si a mi marido le han puesto un páncreas de goma colgando de la punta de la polla, que si cáncer de sida, que si... Las líneas de autobús que llevan a ambulatorios, especialmente si tienen consulta de especialistas, son tan estimulantes como el AVE Mathausen - Treblinka. El otro día fui yo a hacerme unas radiografías a San Blas en el Setenta y, al volver, por lo visto un viejo había cometido la osadía de discutir el orden de la fila para subir al bus. No me enteré mucho, porque iba con los cascos, pero delante de mis narices los dos adorables abuelos comenzaron a reventarse la cara a hostias. Abochornado, intervine y agarré a uno diciéndole: "¿pero qué hace usted, hombre de Dios?" Y él, con los ojos inyectados en sangre y mostrándome los caninos afilados y brillantes, me clavó las uñas gruñendo cual pollinocerdo salvaje: "¡Mi mujer! ¡Mi mujer!". Sin tener ni puta idea de qué cojones me hablaba, giré la cabeza 180º siguiendo la dirección de las serpientes que proyectaba su mirada y me encontré con que, el otro viejo, mientras yo agarraba a éste, había aprovechado para zumbar a su esposa. Pero zumbar unas hostias con hache morrocotudas mientras la mujer se retorcía por el suelo mostrando la combinación a toda la parada -prenda a la que yo me refería hasta no hace mucho, en mi bendito analfabetismo, con el término "código". En cuanto me percaté de lo demencial de aquello solté al viejo que retenía, que ya estaba espumando por las fosas, como quién tira a lo lejos las bragas de una amante que había sustraído con fines masturbatorios y al desplegarlas se topa con un hermoso palomino aún caliente y goteante. Dije: ¡hale! ¡Arrancaos los ojos!. Y me fui en busca de una parada de metro, que me daba bastante vergüenza permanecer allí después de mi heroico papel en la pelea.

    Como yo no soy puta ni esto un cabaret, no obviaré las razones por las cuales los ancianos van por la vida como terroristas sanguinarios. Que no es porque sean malas personas, tontos de baba o extraños infraseres. Es peña que se siente y se sabe inferior. Y este sentimiento lo que desencadena son dos tipos de reacciones: por un lado hay quienes, al verse menos, se cagan, van acojonados y tienen las reacciones típicas que genera el miedo; por otra parte, están los listos, los que al verse inferiores tratan de aprovecharse de ello. Es todo bastante humano. Pero también hay que tener en cuenta que si se da el fenómeno es por algo. Y es que si a algo empuja esta sociedad de consumo, de "lo quiero todo y lo quiero ahora", es a ser eternamente chispeante y juvenil. Lo añejo apesta y se aparta, se desplaza y se margina. Por lo tanto, desde aquí, vamos a defender dos posturas para evitar este cisma entre juventud y tercera edad. Nosotros, los jóvenes de ahora, llevamos años poniéndonos ciegos, con el sudor de nuestra frente, hasta lograr que España sea uno de los primeros consumidores mundiales de drogas. Tanto rollo con la selección de fumfol y aquí, cientos de miles de jóvenes anónimos hemos situado a la Patria en lo más alto. Es la única escapatoria posible para no terminar agarrándole la vena cava a otro sujeto para arrebatarle el asiento del bus. La juventud actual tenemos como modelo para envejecer a Paco Rabal en "Los Santos Inocentes". Queremos acabar sin juicio alguno persiguiendo pájaros con una sonrisa en los labios y un vacío en el craneo. Todo para terminar, si acaso, violando una niña de catorce años y que te linchen los vecinos del lugar. Es un final más digno que el que se propone en este inicio del siglo XXI. Aunque claro, si nos queremos encaminar hacia el desarrollo sostenible, la otra variable, que habrá que estudiarla en su justa medida, es tomar medidas en plan "Cuando el destino nos alcance" de Charlton Heston. Coges a los viejos, les pones a Kenny Gee, y cuando se despisten ¡zas! Inyección letal y a fabricar galletas con el cadáver. Nutritivos snacks crujientes ideales para los que están creciendo. Cualquier cosa mejor que tenerlos por ahí como zombies violentos. Porque para simple y llanamente esconderlos, no sé si habrá presupuesto.

    Y para más negritud relativa del aire, el otro día fui a ver Una Historia de Violencia, que no me gustó y por lo tanto me cagué en ella y sobre todo en vosotros con esta reseña.

    Ojo al dato

    Acaba de salir Esperanza Aguirre en una piragua por no sé qué rio de la Comunidad. Por si la escenita no rozase suficientemente lo patético, nuestra Primera Mujer Presidenta del Senado nos avisa a los madrileños de que va a luchar por que todos tengamos acceso a este tipo de deportes. Gracias, libertadora de los pueblos, ingentes masas de ciudadanos a los que hasta ahora se les había negado el derecho al piraguismo te lo agradecerán de por vida.